Mi punto de vista sobre la especulación

Nunca he dejado de jugar con Saturn, Game Boy, Mega Drive, PlayStation y el resto de maquinitas que conservo, no las voy a enumerar todas, pero las adoro por igual. Me pasó como a muchos, me desprendí de algunos sistemas, títulos que ahora quiero y no puedo recuperar, insensateces empujadas por el ímpetu de la necesidad, ignorancia y juventud, sin olvidar piezas prestadas que no volvieron a su correspondiente hueco de la estantería, otras que lo hicieron en un estado un tanto diferente y, puestos a recordar, las que cayeron en combate como el Spectrum con el que inicié mi aventura. Por mucho que esa ineludible fuerza a la que llamamos tiempo haga a todo envejecer, tildar de anticuados a esos juegos es para mí una falta de respeto por la historia, síntoma de un desconocimiento atronador e insensibilidad preocupante.

Para sobrevivir en este mundo tan duro, competitivo y aún así seguir apreciando las cosas bonitas de la vida, hay que ser un valiente y no dejarse corromper por la vileza. Y tú, que te recreas con la portada de tu juego favorito, admirando los trazos y colorido de cada ilustración, preocupado por averiguar quién dibujo esa obra de arte, eres una persona sensible que sabe admirar toda la belleza que otro ser humano volcó ahí. Cuanto más promovemos no solo la calidad de los clásicos, sino su valor artístico y cultural, más se propaga el amor que sentimos por estos juegos, por eso cada vez más compañeros quieren formar parte de esta comunidad reviviendo momentos mágicos de su juventud. Y es curioso, porque ahora que somos adultos hechos y derechos, resulta que tenemos más ilusión que nunca por jugar y adquirir los juegos que no pudimos tener. Esta locura tan contagiosa hace que seamos muchos entusiastas buscando los mismos juegos, basta con ir a casa de un amigo o ver un vídeo de Out Run para recordar que ese juego era tu vida entera.

Por desgracia, muchos de los juegos que nos gustan no son tan abundantes como Out Run, ya sea porque no se editaron en determinadas regiones o fueron exclusivas de un solo país, o porque a pesar de su distribución mundial se fabricaron pocos miles de unidades para cada región. Y claro, después pasa lo que pasa, aunque no queramos entenderlo y nos hierva la sangre: determinados títulos y sistemas suponen, ya sea por su calidad, nivel de rareza o por su magnífico estado de conservación, un jugoso negocio para quien pose sus zarpas sobre ellos. Es ley de vida, no lo vamos a cambiar por nobles que sean nuestros sentimientos, si todos nosotros estamos interesados en un determinado número de títulos que destacan por las razones que acabo de mencionar, y encima los hemos encumbrado hasta la merecida categoría de arte, es inevitable que los precios se disparen. Y esto no es especulación, que quede clarísimo. Poner por 8000 euros un Metal Slug de Neo Geo que compraste en el año 1996, porque necesitas más el dinero que poseer esa preciosidad en tu estantería, no es especulación. Voy más allá, ponerlo a 16000 euros porque no tienes ni remota idea de lo que estás vendiendo, tampoco es especulación.

¿Y qué es entonces especular? Pues para mí la especulación consiste en un hecho muy fácil de identificar, se trata de aprovechar una necesidad producida por una alteración abrupta en el mercado. ¿Cómo se logra? Pues básicamente, manejando información privilegiada, o aportando datos falsos que generen interés o preocupación. En este caso particular, estaríamos hablando de adquirir un producto cualquiera del que se tenga constancia que existirá escasez. La intención está clara: revenderlo a un precio superior. Es exactamente lo que sucede con las ediciones especiales de muchos juegos actuales, lo mismo pasó con los dichosos Amiibo de Nintendo y su NES miniaturizada, suerte que con su segunda consola clásica ya habían aprendido la lección. Esto es la verdadera especulación, los revendedores de toda la vida. Lo demás es solo una rabieta porque seguimos siendo niños, porque no podemos tener los juegos a los que les cogimos cariño.

Por supuesto, debemos también lidiar con el problema que comentaba antes, hemos pasado de videojuegos que se han tratado como basura, a juegos que ahora son más valiosos que un lingote de oro, con el añadido de que muchísima gente no sabe lo que vende y por eso pone precios de auténtico disparate. En casos así, en lugar de ir corriendo a Twitter para encender las antorchas y salir a la caza del especulador, podríamos hablar con él y explicarle dónde puede informarse, para que él mismo vea que tal vez la edición del juego que vende es más común de lo que pensaba. Pero no, es mucho más divertido armar jaleo, sentirse arropado por un grupo que piense como nosotros y llamar estafador a todo el que no vende juegos al precio que nos conviene. ¿Significa esto que no hay especulación en el mundillo retro? Ni mucho menos, claro que la hay. A lo largo de los años me he encontrado con vendedores que se dedicaron a acaparar decenas de unidades de un mismo juego, pero en realidad da completamente igual el precio que pidan en eBay, lo único que importa es el precio que la mayoría sea capaz de pagar.

Hay que entender que los juegos suben y bajan de precio según la demanda, según el número de interesados y, muy especialmente, el tamaño de sus billeteras. Hace unos años Sonic era uno de los juegos más abundantes de Mega Drive, llegó la moda de las reproducciones (mutilar un cartucho para transformarlo en otro de mayor rareza) y el precio del juego más común prácticamente se triplicó en un par de tiendas que visitaba (estaban al corriente de estas cosas, imagino). ¿Por qué? Porque si se vende a 10 euros igual de bien de lo que se vendía a 5, serían tontos para mantenerlo a ese precio. Y si resulta que a 15 euros siguen quedando interesados en él, ¿por qué venderlo por menos? El día que nadie lo compre a 15 euros volverá a su precio anterior, pero no existe un precio justo o injusto, nos tenemos que quitar esa idea de la cabeza. No hay una guía de precios definitiva que nos indique el valor exacto de cada título, solamente una serie de referencias (históricos de subastas finalizadas, tratos en foros de compra-venta…) que nos darán una idea de lo que se está pagando en ese momento, pero ninguna guía rigurosa que indique cómo proceder.

Hay malos vendedores pero no nos olvidemos de los pésimos compradores, el impetuoso que compra a cualquier precio la primera porquería deteriorada que le ponen delante, o los pesados que regatean mucho más allá de la paciencia. No, tío, no te voy a regalar mis artículos.

Para acabar me gustaría añadir una reflexión final: si miles de juegos maravillosos han caído en manos de seres despreciables, ¡qué mal lo hemos estado haciendo los auténticos amantes! ¿Cómo no nos hemos espabilado antes si adoramos tanto los juegos? ¿Cómo hemos permitido que sean otros los que trafiquen con nuestra ilusión? Algunos de esos especuladores han recorrido miles de kilómetros mientras yo lloriqueaba en casa porque el juego que quería era carísimo en eBay. Bueno, hasta cierto punto es comprensible, es muy distinta la motivación de una persona que desea obtener un beneficio económico, por eso me quedé dormido mientras otros se llenaban los bolsillos a mi costa; solo quería jugar, no pensaba en la rareza de cada juego. Una cosa más… ¿venderíamos nosotros alguno de los griales de Neo Geo por miles y miles de euros si hubiera alguien de confianza dispuesto a pagar? ¿Seríamos repulsivos por plantearnos si merece la pena? Si ahora descubriera que poseo un juego extraño que encima no me gusta demasiado, escribiría una reseña para el disfrute de la comunidad (me parece fundamental compartir conocimientos) y probablemente se lo vendería a un coleccionista que lo cuide como es debido.

Yo ya me he olvidado completamente de la especulación, hay precios que puedo pagar y precios que no. Quien de verdad quiere vender no lo hace al primer precio disparatado que se le ocurre, sino al precio que alguien esté dispuesto a pagar. Cuantas menos locuras hagamos con el dinero, menos precios locos habrá.

NOTA: en la imagen de cabecera aparezco rebuscando juegos de Saturn en una de las tiendas Super Potato de Osaka.

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