Bug!

Bug! fue el primer plataformas completamente 3D de Saturn, apostaba por un diseño que sacaba a relucir su mayor virtud: la sensación de profundidad de sus niveles. Para bien o para mal, en menos de un año su laberinto de caminitos flotantes quedó anticuado ante los monstruos tridimensionales que llegaron después. Jugarlo con un año de retraso (como me pasó a mí) fue peor que jugar ahora entendiendo cómo y cuándo llegó. No es de mis favoritos, pero empiezo a verlo con otros ojos.

Para analizar material antiguo es imprescindible asimilar de forma muy precisa el contexto histórico de la obra a revisar, dejar la mente en blanco drenando cualquier prejuicio adquirido y, la más básica de estas buenas costumbres que no siempre se cumplen, sería poner los pulgares a trabajar. Si solo me dedicara a escribir sobre mis recuerdos, os contaría todas las razones por las que Bug! nunca llegó a convencerme, complementadas por cuatro datos o curiosidades (carentes de sustancia) extraídos de internet. Recibiríais la visión desactualizada de un niño con el criterio, expectativas y caprichos de su edad, junto a información wikipédica de relleno que cualquiera podría consultar lejos de aquí. Funciona muy bien para casi todo el mundo, es una forma de acelerar la publicación de contenido y engordar tu presencia en internet, pero ya sabéis que yo voy pasito a pasito, cuando se trata de reseñas necesito mi tiempo. Si no hiciera lo que me pide el corazón, primero jugar a fondo lo que quiero cuando quiero, y después escribir sobre ello, esto dejaría de ser LV-481. Y por supuesto, no pasarían cosas tan maravillosas como ésta: poder decir que estaba equivocado.

Cometer un error, si posees la inteligencia suficiente, es una oportunidad de mejorar. No voy a engañar a nadie, Bug! no es un título que os vaya a recomendar siendo Saturn la bestia que es, teniendo todo lo que tiene en su catálogo, pero sí estaba equivocado en una cosa: este primitivo plataformas tridimensional no es una abominación de la que avergonzarse. No, no lo es. Dicho esto, nadie sabe cuánto me ha costado avanzar hasta mi veredicto final, llegar a los últimos niveles esquivando los mismos obstáculos nivel tras nivel, soportando las mismas penosas injusticias. Es un juego bastante difícil al que debes adaptarte desde el principio, aceptando circunstancias como ser aplastado por una columna cuyas leyes espacio-temporales no son las de esta mundo, o morir convencido de que el enemigo que robó tu última vida no te había tocado. No es mal perder, a veces ocurren cosas extrañas que no os sabría ni explicar, pero se pueden reducir al máximo si jugamos con tranquilidad y pensamos antes de actuar.

Como muchos otros títulos plataformeros, Bug! está protagonizado por un curioso personaje en el intento de repetir el extraordinario éxito de iconos como Sonic. En aquellos años era una constante, nos llovían juegos con nuevas mascotas que compartían la misma actitud simpática y mirada traviesa, intentos infructuosos -la mayoría- que no solían cuajar. En esta ocasión, estamos hablando de un bicho verde, de grandes ojos saltones y aspecto de graciosete, ideado con el único fin de atraer al público más joven. Durante sus primeros meses, llegó a codearse con los más importantes del catálogo de Saturn y, a falta de un representante con el que promocionar mejor la consola (el puercoespín azul estaba de vacaciones), SEGA of America depositó sus esperanzas en Bug!, tanto en el videojuego como en el personaje, llegando a plantearse, en un momento dado, una posible serie de animación. Incluso antes de todo esto, estaban entusiasmados con la idea de hacer un juego de Sonic, pero desde Japón advirtieron que de Sonic se encargaban ellos y el proyecto de la rama americana de SEGA, desarrollado por Realtime Associates, derivó en el juego que hoy nos ocupa.

Es indiscutible que Bug! gustó, logró críticas positivas y, dato importante, para muchos de nosotros fue el primer plataformas completamente 3D que tocábamos. Si alguien está pensando en Clockwork Knight (reseñado anteriormente), le recuerdo que éste envolvía al jugador con elementos 3D pero mantenía el desarrollo clásico bajo un único plano, por lo tanto, un concepto muy sorprendente pero también más convencional. Conviene tenerlo en cuenta, para un grupo amplio de jugadores Bug! representó la primera toma de contacto con nuestro género favorito en la era de los 32 bits, una nueva experiencia en forma de mundo libre y posibilidades infinitas. Bueno, no tanto, pero si consigues dejar a un lado pensamientos como que el escenario está vacío, la extraña sensación que produce verlo flotar en el aire y la incomodad de sentirte confinado por muros invisibles en un estrecho pasillo, si haces el esfuerzo y recuerdas que estamos en 1995, entonces no está tan mal, al contrario, era una virguería técnica que parecía adelantada a su tiempo. Pero el tiempo no espera, lo que hoy es tecnología de vanguardia pronto acabará enterrado, o en las estanterías de personas como nosotros.

Como cualquier videojuego que se atreviera a sumar una tercera dimensión a su desarrollo, Bug! captaba la atención de los curiosos mostrando unos gráficos con los que no estábamos familiarizados. Estos niveles hoy se menosprecian como el trabajo de un principiante que acaba de instalar Blender en su ordenador, y partiendo de una figura primitiva como un cubo, empieza a jugar con sus caras, tirando de ellas y transformándolas. Debido a que muchos pasan por alto en qué estado se encontraba la industria, hago hincapié en este punto: cuando Saturn llegó al mercado la mayoría de equipos estaban al nivel de un aficionado con herramientas inferiores a los programas gratuitos de diseño actuales. Experimentación, esta es la palabra clave que tantas veces repito cuando me remonto a estas fechas. No existía manual que transformara los clásicos en éxitos poligonales de nueva generación, ahí está el mérito y desgracia de juegos como éste, tan necesarios como las obras maestras que llegaron después.

Gracias a estos ensayos, aciertos y errores noventeros, aunque Bug! no fue ni mucho menos un referente destacable en títulos posteriores, cumplía con una de las premisas fundamentales que esperábamos. Desde un punto de vista artístico, cualquier juego puntero de Mega Drive y Super Nintendo era más bonito, pero ninguno nos trasladaba de esta manera a su mundo. Hay que entender esto de una vez por todas, el verdadero atractivo de los gráficos 3D no residía en su belleza estética, sino en la nueva experiencia que traían consigo. Los niveles de Bug! estaban construidos de un modo inusual, formaban un entramado de múltiples trayectos que se cruzaban a distintas alturas, posibilitando increíbles desplazamientos en dirección al fondo del decorado, hacia sus profundidades. Gracias a un diseño volcado en ofrecer la mayor tridimensionalidad posible, percibíamos esta sensación única de profundidad, acentuada al comprobar que muy pronto estaríamos pisando (si dábamos con el camino correcto) las porciones de escenario que veíamos en la distancia.

Bug! transmitía una complejidad espacial alucinante conservando la jugabilidad 2D más básica de un plataformas del pasado, incluso con restricciones muy similares, quizá demasiado similares. Como decía al principio, el movimiento de Bug! está limitado a una maraña de senderos y paredes invisibles que impiden, por ejemplo, saltar de un camino a otro, y estamos limitados a cuatro posibles direcciones (izquierda, derecha, avanzar hacia el fondo y retroceder), por lo que su profundidad jugable poco tiene que ver con su profundidad visual. Al final, nos queda un juego vistoso pero poco emocionante en el que no podemos movernos con libertad y, básicamente, avanzamos cual ratón por un laberinto, sorteando enfrentamientos y plataformas yendo al ritmo de un bichito recolector. Entre la no muy convincente detección de golpes, y una cámara que en ocasiones no deja ver dónde vas a caer, o modifica su posición cuando en mitad de un salto corriges un poco tu dirección, el mejor consejo que le puedo dar a cualquiera que vaya a jugar es tomárselo con calma.

¿Significa esto que Bug! es un mal juego? No, solo significa que estaba enfocado a pasear tranquilamente por sus niveles, no a plantear un reto frenético de saltos y trampas. Además, la fauna que habita estos decorados de televisión (Bug es una estrella de cine en el rodaje de una película) llega a hacerse muy pesada y peligrosa, siendo en ocasiones más sencillo seguir avanzando que entretenernos en atacar, porque puede parecer muy fácil, pero se tarda un poco en aprender a caer en el sitio correcto. Por otra parte, el impulso (un tanto alocado) al golpear a un enemigo no ayuda mucho, ni la ausencia de sombra como punto de referencia. Pese a esto, el control no es impreciso pero la dificultad, especialmente por la movilidad de cámara y enemigos, sí lo es. Por cierto, hay muchos más enemigos que verdaderas plataformas, todos ellos sprites obtenidos de modelos tridimensionales, el mismo estilo que popularizó el increíble Donkey Kong Country, aunque no animados con la maestría que demostró Rare en Super Nintendo.

El tamaño de los niveles es impresionante, ya eran grandes en su época y, sin opción de guardado, repetir desde el último punto de control (repartidos sin criterio y en cantidades extrañas) con nuestra mentalidad actual puede ser muy doloroso. Debo decir que yo lo he terminado para publicar esta reseña que tanto tiempo me ha llevado escribir, pero no pude completarlo de principio a fin en una sola partida, sino recurriendo a un truco para continuar donde lo dejé. Son muchos los pequeños detalles que un experto detectará en seguida como errores de diseño, pero no son tan importantes como para ridiculizar a un juego que intentaba hacer algo completamente único. Mi impresión final es la de un maltrato injustificado, no me gusta el personaje, no me gustan sus comentarios absurdos durante la partida y sé que éste no era el camino adecuado, pero Bug! es un experimento más que interesante justo antes de que Nintendo definiera el siguiente paso con Super Mario 64.

Si alguien cree que no me estoy mojando del todo, repito lo mismo que dije al principio: no me parece recomendable pero sí importante entre los primeros lanzamientos de Saturn. Lo he terminado y, en su justa medida, he disfrutado con esta porción de historia seguera ubicada, para mí, en el punto intermedio que ocupan los juegos normales y corrientes.

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